Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Bueno, Marilla, creo que debÃas dejarla ir.
—No —respondió Marilla—. ¿Quién la está criando, Matthew, tú o yo?
—Bueno, tú —admitió Matthew.
—Entonces no intervengas.
—Bueno, no intervengo. No es intervenir el tener una opinión propia. Y mi opinión es que debes dejar ir a Ana.
—Si a ella se le ocurriera ir a la luna, opinarÃas que debÃa dejarla ir, no lo dudo —fue la afable respuesta de Marilla—. PodrÃa dejarla ir a pasar la noche con Diana si eso fuera todo. Pero no apruebo lo del festival. Irá allà y cogerá frÃo y se llenará la cabeza con tonterÃas. La alterarÃa para una semana. Comprendo el carácter de esta niña y lo que le conviene mejor que tú, Matthew.
—Creo que debÃas dejarla ir —repitió Matthew firmemente. La argumentación no era su punto fuerte, pero al aferrarse a una opinión, sÃ.
Marilla dio un bufido de impotencia y se refugió en el silencio. A la mañana siguiente, cuando Ana estaba lavando los platos del desayuno, Matthew hizo una pausa en el camino hacia el granero para repetirle a Marilla.