Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Oh, puedo llevarla —contestó alegremente la niña—. No es pesada. Tengo en ella todos mis bienes terrenales, pero no es pesada. Y si no se la lleva de cierta forma, el asa se sale, de manera que será mejor que me quede con ella, pues conozco el secreto. Es una maleta muy vieja. Oh, estoy contenta de que haya venido, aunque me hubiera encantado dormir en un cerezo silvestre. Tenemos que recorrer un largo trecho, ¿no es asÃ? La señora Spencer dijo que serÃan doce kilómetros. Estoy contenta porque me gusta ir en coche. Oh, parece algo maravilloso que yo vaya a vivir con ustedes y ser de la familia. Nunca he tenido familia de verdad. Pero el asilo fue lo peor. No he estado allà más que cuatro meses, pero ha sido suficiente. No creo que usted haya sido nunca un huérfano en un asilo, de manera que no puede en manera alguna imaginarse cómo es. Es peor de lo que pueda imaginarse. La señora Spencer dice que hago muy mal al hablar asÃ, pero no tengo mala intención. Es tan fácil hacer mal sin darse cuenta, ¿no es cierto? Era buena, ¿sabe?, la gente del asilo. ¡Pero hay tan poco campo para la imaginación en un asilo!…; sólo están los demás asilados. Era algo muy interesante imaginar cosas respecto a ellos; imaginar que la niña que estaba a mi lado era en verdad la hija de un conde, robada a sus padres en la infancia por una niñera cruel, que muriera antes de poder confesar. Y acostumbraba estar despierta por las noches, imaginando cosas asÃ, porque no tenÃa tiempo durante el dÃa. Sospecho que es por eso que estoy tan delgada; soy horriblemente flaca, ¿no es asÃ? No hay carne en mis huesos. Me gusta imaginarme que soy bonita y gorda, con hoyuelos en los codos.