Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Con esas palabras, la compañera de Matthew cesó su charla, en parte porque se le había acabado la respiración y en parte porque habían llegado a la calesa. No dijo otra palabra hasta que hubieron dejado el pueblo y bajaban una colina empinada, en la que el camino había sido trazado tan profundamente, que los terraplenes, cubiertos de cerezos silvestres en flor y abedules, se alzaban muy arriba sobre sus cabezas.
La niña sacó la mano y rompió una rama de ciruelo silvestre que rozaba el costado del carricoche.
—¿No es hermoso? ¿En qué le hace pensar ese árbol que sobresale blanco y lleno de flores? —preguntó.
—Bueno… no sé… —dijo Matthew.