Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —En una novia, desde luego; una novia toda de blanco con un hermoso velo vaporoso. Nunca he visto una, pero puedo imaginar cómo puede ser. Yo no espero ser nunca novia. Soy tan fea, que nadie querrá jamás casarse conmigo, a menos que sea un misionero. Supongo que un misionero no tiene muchas aspiraciones. Pero espero que algún dÃa tendré un vestido blanco. Ése es mi ideal de felicidad terrenal. Me gusta la ropa bonita y nunca la he tenido en mi vida, en lo que puedo acordarme; pero, desde luego, es lo máximo que se puede ansiar, ¿no es asÃ? Y entonces me imagino que estoy vestida de forma deslumbrante. Esta mañana, al dejar el asilo, estaba terriblemente avergonzada porque tenÃa que llevar este horrible vestido viejo de lana. Todas las huérfanas lo llevan, ¿sabe? Un comerciante de Hopetown donó el último invierno trescientos metros de esta tela al asilo. Algunos dijeron que era porque no la pudo vender, pero yo creo que fue por bondad, ¿no le parece? Cuando subimos al tren, sentà como si todos me estuvieran mirando y apiadándose de mÃ. Pero me puse a soñar e imaginé que tenÃa el más hermoso vestido de seda celeste —cuando uno se pone a imaginar, hay que hacerlo con algo que valga la pena— y un gran sombrero todo flores y plumas, y un reloj de oro y guantes de cabritilla y botas. Me sentà inmediatamente alegre y disfruté con todas mis ganas del viaje a la isla. No me mareé al venir en el buque, ni tampoco la señora Spencer, aunque suele hacerlo. Me dijo que cuidando de que no me cayera por la borda no tuvo tiempo de sentirse mal. Dijo que nunca vio a nadie que me ganara a ser inquieta. Pero si asà evité que se mareara, es una suerte que sea inquieta, ¿no es cierto? Yo querÃa mirar cuanto se puede ver en un buque, porque no sabÃa si tendrÃa otra oportunidad para ello. ¡Oh, ahà hay más cerezos en flor! Esta isla es el lugar con más flores del mundo. Ya me gusta y estoy muy contenta de venir a vivir aquÃ. Siempre he oÃdo que la isla del PrÃncipe Eduardo era el lugar más hermoso de la tierra, y acostumbraba imaginar que vivÃa aquÃ, pero nunca esperé que se convirtiera en realidad, ¿no es asÃ? Pero esos caminos rojos son tan cómicos… Cuando subimos al tren en Charlottetown y los caminos rojos empezaron a pasar, le pregunté a la señora Spencer qué los hacÃa tan rojos, y ella dijo que no lo sabÃa y que por amor de Dios no le hiciera más preguntas. Dijo que le habÃa ya hecho mil. Supongo que tenÃa razón, pero ¿cómo se han de saber las cosas si no se preguntan? Y ¿qué hace rojos a esos caminos?