Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Y… no sé —dijo Matthew.
—Bueno, ésa es una de las cosas que tendré que averiguar algún dÃa. ¿No es maravilloso pensar en todas las cosas que hay que averiguar? Simplemente me hace sentirme contenta de vivir. ¡Es un mundo tan interesante! Seria la mitad de interesante si lo supiéramos todo, ¿no es cierto? No habrÃa campo para la imaginación. Pero ¿estoy hablando demasiado? La gente siempre me dice que asà es. ¿Le gustarÃa que no hablara? Me callaré si me lo dice. Puedo callarme en cuanto me decido, aunque es bastante difÃcil.
Para su sorpresa, Matthew se divertÃa. Como a la mayorÃa de los seres callados, le gustaba la gente habladora que deseaba hacer toda la conversación por sà misma y no esperaba que él participara en ella. Pero nunca esperó gozar de la compañÃa de una chiquilla. Las mujeres eran cosa bastante mala, pero las chiquillas eran peor. Detestaba la forma que tenÃan de pasar tÃmidamente a su lado, con miradas de soslayo, como si temieran que se las engullera de un bocado si se aventuraban a decir una palabra. Ése era el tipo de chiquilla bien educada de Avonlea. Pero esta brújula pecosa era muy distinta y, aunque encontraba algo difÃcil para su lenta inteligencia mantenerse al nivel de sus ágiles procesos mentales, le gustaba su charla. De manera que dijo con la timidez de costumbre: