Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Marilla la contempló asombrada.

—¡El Bosque Embrujado! ¿Estás loca? ¿Qué es eso?

—Es el bosque de abetos que hay junto al arroyo —dijo Ana con un suspiro.

—Tonterías. No hay bosque embrujado en ninguna parte. ¿Quién te ha dicho esas cosas?

—Nadie —confesó Ana—. Diana y yo hemos imaginado que el bosque estaba embrujado. Todos los nombres de los alrededores son tan… tan vulgares. Hemos pensado eso para nuestra propia diversión. Empezamos en abril. ¡Un bosque embrujado es tan romántico, Marilla! Elegimos el bosque de abetos porque es muy oscuro. Hemos imaginado las cosas más horripilantes. Hay una dama blanca que camina por el arroyo a esta hora de la tarde, que mueve los brazos y da gritos horribles. Aparece cuando está a punto de morir algún familiar. Y el rincón que hay al lado de Idlewild está embrujado por el fantasma de una criatura asesinada; se desliza por detrás y le pone sus helados deditos sobre la mano, así. Oh, Marilla, sólo pensar en ello me hace estremecer. Y hay un hombre sin cabeza que camina por el sendero y también esqueletos que brillan entre las ramas. Oh, Marilla, por nada del mundo iría al Bosque Embrujado. Estoy segura de que saldrían manos de detrás de los árboles y me apresarían.

—Los fantasmas no existen, Ana.


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