Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes La señorita Stacy retornó a la escuela de Avonlea y halló a sus alumnos ansiosos por comenzar a estudiar otra vez. Especialmente los que se preparaban para el ingreso a la Academia, pues a fin de año, ensombreciendo ya ligeramente su camino, se alzaba esa cosa horrible conocida como «el examen de ingreso», ante cuya sola idea se les caía el alma a los pies. ¡Imagina que no lo pasaran! Ese pensamiento estaba destinado a obsesionar a Ana en sus horas de insomnio aquel invierno, incluyendo los domingos por la tarde con la exclusión casi total de todos los problemas teológicos y morales. En sus pesadillas, Ana se veía observando miserablemente la lista de los que habían pasado los exámenes, encabezada por el nombre de Gilbert Blythe, mientras que el suyo no figuraba por ninguna parte.
Pero el invierno pasaba rápido, feliz y lleno de ocupaciones. El trabajo en la escuela era muy interesante; la competencia, tan absorbente como en otros tiempos. Nuevos mundos de pensamientos, sentimientos y ambiciones; frescos y fascinantes campos de conocimientos ignorados parecían abrirse ante los ávidos ojos de Ana.
como colinas asomando tras la colina y Alpes alzándose sobre los Alpes.