Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Marilla amaba a la jovencita mucho más de lo que habÃa amado a la niña, pero tenÃa conciencia de una extraña y triste sensación de pérdida. Y aquella noche, cuando Ana se hubo ido con Diana a la reunión de la iglesia, Marilla, sentada sola en medio del crepúsculo invernal, se permitió la debilidad de llorar. Matthew, que llegaba con un farol, la sorprendió, y se quedó mirándola con tal consternación, que Marilla tuvo que reÃr en medio de sus lágrimas.
—Estaba pensando en Ana —explicó—. Se está haciendo mayor, y probablemente el invierno que viene estará separada de nosotros. La echaré mucho de menos.
—Podrá venir a casa a menudo —la consoló Matthew, para quien Ana siempre serÃa la pequeña y ansiosa criatura que trajera de Bright River aquel atardecer de junio hacÃa cuatro años—. El ramal del ferrocarril llegará hasta Carmody para entonces.
—No será lo mismo que tenerla aquà todo el tiempo —suspiró Marilla, lúgubremente determinada a sufrir sin consuelo alguno—. ¡Pero, claro, los hombres no pueden entender estas cosas!
HabÃa otros cambios en Ana, no menos reales que los fÃsicos. Para empezar, se habÃa vuelto mucho más tranquila; quizá pensara más que nunca y soñara tanto como antes, pero lo cierto era que hablaba menos. Marilla lo notó y también lo comentó.