Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No me parece que haya muchas esperanzas —dijo Marilla amargamente—. ¿Para qué viviré si no puedo ni leer, ni coser, ni hacer cosas por el estilo? Mejor serÃa estar ciega… o muerta. En lo que se refiere a llorar, no puedo evitarlo cuando me siento sola. Pero no se gana nada con hablar de ello. Te agradecerÃa que me preparases una taza de té. Estoy exhausta. No digas nada a nadie sobre esto por un tiempo. No podrÃa resistir que los amigos vinieran a hacer preguntas, a apiadarse de mà y a charlar sobre ello.
Cuando Marilla hubo cenado, Ana la convenció de que se acostara. Entonces se trasladó a la buhardilla y se sentó junto a la ventana, sola con sus lágrimas y su tristeza en el corazón. ¡Cuánto habÃan cambiado las cosas desde que se sentara allà la noche siguiente a su regreso! Entonces se sentÃa llena de esperanzas y alegrÃa y el futuro parecÃa prometedor. Ana tenÃa la sensación de que habÃan pasado varios años desde entonces, pero antes de que se acostara, en sus labios tenÃa una sonrisa y en su corazón, paz. HabÃa mirado valerosamente a la cara a su deber y lo encontró amigable, como siempre se encuentra cuando lo enfrentamos francamente.