Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Ana, no sé qué otra cosa puede hacerse. Lo he pensado mucho. Si mis ojos estuvieran fuertes, podrÃa quedarme y administrarla con un buen empleado. Pero como estoy, no puedo. Quizá pierda la vista del todo y quede inútil para administrarla. Oh, nunca pensé que verÃa el dÃa en que tendrÃa que vender mi casa. Pero las cosas irán de mal en peor, hasta que llegará el momento en que nadie querrá comprarla. La quiebra del banco se llevó todo nuestro dinero y deben pagarse algunos pagarés que firmó Matthew el otoño pasado. La señora Lynde me aconseja que venda la granja y me hospede en cualquier parte; supongo que con ella. No se obtendrá mucho; es pequeña y los edificios viejos. Pero será suficiente como para vivir. Me alegro de que poseas esa beca, Ana. Lamento que no tengas un hogar donde pasar las vacaciones, pero supongo que te arreglarás.
Marilla cedió y se echó a llorar amargamente.
—No debe vender «Tejas Verdes» —dijo Ana resueltamente.
—Oh, Ana, quisiera no tener que hacerlo. Pero tú misma puedes verlo. No puedo quedarme aquà sola. EnloquecerÃa de dolor y soledad. Y mi vista desaparecerÃa; lo sé.
—No tendrá que quedarse aquà sola, Marilla. Yo estaré con usted. No voy a Redmond.