Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Pero si no puede evitarlo. Tengo dieciséis años y medio y «soy terca como una mula», como me dijo una vez la señora Lynde —dijo Ana—. Oh, Marilla, no me tenga lástima. No me gusta que se compadezca de mí y no hay necesidad de ello. El solo pensar en quedarme en «Tejas Verdes» me alegra el corazón. Nadie la querrá como usted y yo, de manera que debemos quedarnos en ella.

—Bendita muchacha —dijo Marilla cediendo—. Siento como si me hubieras inyectado una nueva vida. Sospecho que debería azotarte y mandarte a Redmond, pero sé que no puedo, de manera que no lo intentaré.

Cuando se corrió la voz en Avonlea de que Ana Shirley había abandonado la idea de aceptar la beca y tenía intenciones de permanecer allí y enseñar, se discutió bastante el asunto. La mayoría de la buena gente, que nada sabía sobre los ojos de Marilla, lo creyó una tontería. La señora Alian, no. Se lo dijo a Ana con tales palabras de aprobación que la hizo llorar. Tampoco lo consideró así la buena de la señora Lynde. Llegó un atardecer y encontró a Ana y Marilla sentadas en la puerta principal, disfrutando del cálido y perfumado crepúsculo. Les gustaba sentarse allí cuando caía el sol; las mariposas blancas volaban por el jardín y el olor a menta llenaba el húmedo aire.


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