Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Será mejor que te vistas y no te ocupes de tu imaginación —dijo Marilla tan pronto como pudo meter baza—. El desayuno espera. Lávate la cara y péinate. Deja la ventana levantada y dobla las mantas. Sé tan pulcra como puedas.
Ana podÃa serlo cuando se lo proponÃa, pues bajó a los diez minutos con las ropas compuestas, el cabello cepillado y peinado, la cara lavada y una reconfortante seguridad en el alma de haber cumplido con las instrucciones de Marilla. Sin embargo, habÃa olvidado doblar las mantas.
—Esta mañana tengo bastante hambre —anunció mientras se sentaba en la silla que le destinara Marilla—. El mundo no parece una cosa terrible como anoche. Estoy muy contenta de que sea una mañana de sol. Pero también me gustan las mañanas lluviosas. Toda clase de mañanas son interesantes, ¿no creen? No se sabe qué ocurrirá durante el dÃa y hay un gran campo para la imaginación. Pero me alegro de que hoy no sea lluvioso porque será más fácil estar alegre y resistir la tristeza con un dÃa de sol. Siento que tendré que resistir mucho. Es muy fácil eso de leer sobre dolores e imaginarse viviéndolos heroicamente, pero no es tan sencillo cuando son realidad, ¿no les parece?
—Cierra la boca, por el amor de Dios —dijo Marilla—; hablas demasiado para una niña.