Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Desde ese instante, Ana fue tan obediente y quedó tan silenciosa, que su mudez puso nerviosa a Marilla, como si se hallase en presencia de algo no natural.

Matthew tampoco hablaba, pero eso por lo menos era natural; de manera que el desayuno fue muy silencioso.

A medida que pasaba el tiempo, Ana se volvía más y más abstraída, comiendo mecánicamente, con los ojos fijos en el cielo a través de la ventana. Esto puso aún más nerviosa a Marilla; tenía la incómoda sensación de que mientras el cuerpo de aquella niña estaba en la mesa, su espíritu vagaba lejos, en alguna región nebulosa, surgida de su imaginación. ¿Quién querría una chica así?

¡Y sin embargo, Matthew deseaba que se quedara! Marilla sentía que él lo deseaba esta mañana tanto como la noche anterior y que seguiría deseándolo. Ésa era su manera de ser; antojársele algo y aferrarse a ello con la más sorprendente y silenciosa persistencia; persistencia diez veces más efectiva en su silencio que si hubiera hablado.

Cuando terminó el desayuno, Ana volvió de su ensueño y se ofreció para lavar los platos.

—¿Sabes fregar bien los platos? —dijo desconfiadamente Marilla.

—Bastante bien. Soy mejor aún para cuidar niños, sin embargo. He tenido mucha experiencia con ellos. Es una lástima que no tengan ninguno para cuidarlo.


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