Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —En mi vida he visto u oÃdo a nadie como ella —murmuró Marilla, batiéndose en retirada, bajando al sótano a buscar patatas—. Es interesante, como dice Matthew. Ya siento que estoy pensando qué dirÃa. Me está hechizando a mà también. Ya lo hizo con Matthew. La mirada que me ha echado repitió todo cuanto me dijo o sugirió anoche. Quisiera que fuese como el resto de los hombres y dijera cosas. PodrÃa contestarle y discutirle hasta hacerle entrar en razón. Pero ¿qué se le puede hacer a un hombre que sólo mira?
Cuando Marilla regresó de su peregrinaje, Ana estaba absorta con las manos bajo la barbilla. Allà la dejó Marilla hasta que el almuerzo estuvo servido.
—Matthew, supongo que podré disponer esta tarde del coche y de la yegua —dijo Marilla.
Matthew asintió y miró a la niña pensativamente. Marilla interpretó la mirada y dijo secamente:
—Voy a ir hasta White Sands para arreglar esto. Llevaré a Ana conmigo, y la señora Spencer arreglará las cosas para mandarla de regreso a Nueva Escocia de inmediato. Te dejaré preparado el té y estaré de regreso para ordeñar las vacas.
Tampoco ahora dijo nada Matthew, y Marilla tuvo la sensación de haber gastado palabras y aliento. No hay cosa más irritante que un hombre que no contesta, salvo una mujer que tampoco lo hace.