Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No mucho. Fui un poco durante el último año que estuve con la señora Thomas. Cuando remonté el río estábamos tan lejos de una escuela que no podía caminar hasta ella en invierno, y en verano había vacaciones, de manera que sólo podía ir en primavera y otoño. Pero, por supuesto, fui mientras estuve en el asilo. Puedo leer bastante bien y sé algunas poesías de memoria: «La Batalla de Hohelinden» y «Edimburgo después de Flodden», y «Bingen en el Rin», y muchos de «La Dama del Lago» y más de «Las Estaciones» de James Thompson. ¿No ama usted la poesía, la poesía que le hace correr un estremecimiento por la espalda? Hay una parte en el quinto libro de lectura: «El ocaso de Polonia», que justamente está llena de estremecimientos. Por supuesto no me tocaba el quinto libro, sino el cuarto, pero las niñas mayores acostumbraban prestarme los suyos para que leyera.
—¿Esas mujeres, la señora Thomas y la señora Hammond, fueron buenas contigo? —preguntó Marilla espiando a Ana con el rabo del ojo.