Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Durante tres días, habían tenido una tormenta otoñal de viento y lluvia. Atronador había sido el choque de las olas contra las rocas, bravía la espuma blanca que saltaba sobre el banco, turbulenta, brumosa y sacudida por la tormenta la, hasta entonces, paz azul del Puerto de Cuatro Vientos. Ahora la tormenta había cesado y la costa estaba limpia; no había viento, pero todavía había grandes olas que iban a morir sobre la arena y las rocas en un espléndido tumulto de blancura; era lo único que se movía en la gran quietud y paz que todo lo invadía.

—Ah, vale la pena llegar a este momento después de semanas de tormenta y tensión —exclamó Ana, mirando fascinada desde la cima del acantilado. Al fin bajó por el empinado sendero hasta una caleta donde se sentía como encerrada entre las rocas, el mar y el cielo.

—Voy a bailar y a cantar —dijo—. No puede verme nadie y las gaviotas no van a andar con chismes. Puedo hacer todas las tonterías que me apetezcan.

Se recogió la falda y bailoteó por la franja de arena dura, a salvo de las olas que estaban a punto de lamerle los pies con su espuma. Girando y riendo como una niña, llegó al pequeño cabo que salía por la parte este de la caleta; pero entonces se detuvo en seco y se ruborizó: no estaba sola, había habido un testigo de su baile y sus risas.


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