Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La muchacha de los cabellos dorados y los ojos azul mar estaba sentada en una piedra en el cabo, oculta a medias por una roca saliente. Miraba a Ana con una extraña expresión, en parte de curiosidad, en parte de simpatÃa, en parte, ¿era posible?, de envidia. TenÃa la cabeza descubierta y llevaba sus espléndidos cabellos, que se parecÃan más que nunca a la «magnÃfica vÃbora» de Browning, atados alrededor de la cabeza con una cinta roja. Llevaba un vestido de tela oscura, de confección muy modesta; atado a la cintura, marcando sus delicadas curvas, un cinturón de seda roja. Sus manos, entrelazadas alrededor de las rodillas, se veÃan quemadas y endurecidas por el trabajo, pero la piel del cuello y de las mejillas era blanca como la crema. Un rayo del ocaso atravesó una nube baja y cayó sobre sus cabellos. Por un momento, pareció el espÃritu del mar; personificaba todo su misterio, toda su pasión, todo su elusivo encanto.
—Usted… va a pensar que estoy loca —tartamudeó Ana, tratando de recuperarse. Que aquella majestuosa muchacha la hubiera visto en un abandono tal de infantilismo, a ella, la esposa del doctor Blythe, que debÃa mantener toda la dignidad de una señora… ¡qué vergüenza!
—No —dijo la muchacha—. No lo pienso.