Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Sí, por supuesto. No me sentiría una novia sin velo. Recuerdo que el día que Matthew me trajo a Tejas Verdes le dije que yo no pensaba casarme porque era tan fea que nadie me pediría jamás en matrimonio, a menos que fuera algún misionero extranjero. Yo creía que los misioneros extranjeros no pueden darse el lujo de ser exigentes y desear belleza en una muchacha a quien van a pedirle que arriesgue la vida entre los caníbales. Si hubieras visto al misionero extranjero con el que se casó Priscilla… Es tan atractivo como aquellos galanes con los que soñábamos despiertas, Diana. Es el hombre mejor vestido que he visto en mi vida y estaba fascinado por la «belleza etérea y dorada» de Priscilla. Claro que en Japón no hay caníbales.

—Tu vestido de novia es un sueño —suspiró Diana, embelesada—. Vas a parecer una verdadera reina, tan alta y delgada… ¿Cómo haces para no engordar, Ana? Yo estoy más gorda que nunca, pronto no tendré ni cintura.

—A mí me parece que una está predestinada a ser delgada o robusta —dijo Ana—. Al menos, a ti la señora de Harmon Andrews no puede decirte lo que me dijo a mí cuando vine a casa desde Summerside: «Bien, Ana, estás tan esquelética como siempre». Ser delgada suena muy romántico, pero «ser esquelética» es harina de otro costal.


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