Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —A mà me gusta de todas formas —declaró Ana—. El mar en Cuatro Vientos es para mà lo que era el Sendero de los Amantes en casa. Esta noche se ve tan libre, tan indómito, que algo se liberó en mà también. Por eso bailé por la costa de esa manera. Claro que no creà que habrÃa alguien mirándome. Si me hubiera visto la señorita Cornelia Bryant, habrÃa temido un tenebroso futuro para el pobre y joven doctor Blythe.
—¿Conoce a la señorita Cornelia? —preguntó Leslie, riendo. TenÃa una risa exquisita; surgÃa súbita e inesperadamente, como la risa de los niños. Ana también rió.
—Ah, sÃ. Ha estado varias veces en mi casa de los sueños.
—¿Su casa de los sueños?
—Ah, es un nombre un poco tonto pero muy querido; Gilbert y yo la llamamos asà cuando estamos solos. Se me escapó.
—De modo que la casita blanca de la señorita Russell es su casa de los sueños —dijo Leslie, pensativa—. Yo tuve una casa de los sueños una vez, pero era un palacio —agregó con una risa cuya dulzura fue estropeada por un dejo de burla.