Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Había decidido que sería mejor nombrar a Dick Moore de vez en cuando, como un hecho aceptado, y no darle excesiva morbosidad al asunto, evitándolo. Tenía razón, pues el aire de reserva de Leslie súbitamente desapareció. Era evidente que había estado preguntándose qué sabría Ana de las condiciones de su vida y se sintió aliviada al constatar que no sería necesario dar ninguna explicación. Permitió que se llevaran su sombrero y su chaqueta y se sentó, acurrucada como una niña, en el gran sillón que había junto a Magog. Estaba vestida cuidadosa y primorosamente, con el usual toque de color: un geranio escarlata sobre el blanco cuello. Sus hermosos cabellos brillaban como oro derretido a la cálida luz del hogar. Sus ojos azul mar rebosaban de una suave risa y fascinación. Por el momento, bajo la influencia de la casita de los sueños, era otra vez una niña, una niña que había olvidado el pasado y sus amarguras. La atmósfera de los muchos amores que habían santificado la casita estaba alrededor; la compañía de dos jóvenes de su edad, felices y sanos, la circundaba; ella lo sintió y se rindió a la magia del entorno. La señorita Cornelia y el capitán Jim casi no la habrían reconocido; a Ana le resultaba difícil creer que aquella muchacha vivaz que hablaba y escuchaba con el alma sedienta, era la mujer fría e indiferente que había conocido en la costa. ¡Y con cuánta sed recorrieron los ojos de Leslie los libros que había en las repisas entre las ventanas!