Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Nuestra biblioteca no es muy nutrida —dijo Ana—, pero cada libro que tenemos es un amigo. Hemos ido eligiendo nuestros libros a travĂ©s de los años, aquĂ y allá, y nunca compramos uno sin haberlo leĂdo y saber que pertenece a la raza de JosĂ©.
Leslie riĂł, con una hermosa carcajada que hacĂa juego con la alegrĂa que habĂa resonado en la casita en los años pasados.
—Yo tengo algunos libros de papá, no muchos —dijo—. Los he leĂdo tantas veces, que casi me los sĂ© de memoria. No consigo muchos libros. Hay una biblioteca circulante en la tienda de Glen, pero no creo que el comitĂ© que elige los libros al señor Parker sepa cuáles pertenecen a la raza de JosĂ©, o tal vez no les importe. Era tan poco frecuente conseguir uno que realmente me gustara, que dejĂ© de pedirlos.
—Espero que consideres nuestra biblioteca como tuya —dijo Ana—. De todo corazón, puedes llevarte prestado el libro que quieras.
—Me estáis poniendo ante los ojos una fiesta de cosas hermosas —dijo Leslie, contenta. En seguida, el reloj dio las diez y ella se puso de pie, sin muchas ganas—. Debo irme. No me di cuenta de que era tan tarde. El capitán Jim siempre dice que no lleva mucho tiempo quedarse una hora. Y yo me he quedado dos… Ah, pero cómo las he disfrutado —agregó, con franqueza.
—Ven a menudo —le dijeron Ana y Gilbert.