Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Se habían puesto en pie y estaban uno junto al otro iluminados por la luz del hogar. Leslie los miró: jóvenes, esperanzados, felices, como un ejemplo de todo lo que ella no había tenido ni tendría nunca. La luz desapareció de su cara y de sus ojos; la niña desapareció y fue la mujer triste y defraudada la que respondió a la invitación casi con frialdad y se retiró a toda prisa.
Ana la observó desaparecer en la noche fría y nublada. Luego se volvió despacio hacia el resplandor de su radiante hogar.
—¿No es encantadora, Gilbert? Sus cabellos me fascinan. La señorita Cornelia dice que le llegan hasta los tobillos. Ruby Gillis tiene un cabello precioso, pero el de Leslie está vivo, cada hebra es oro vivo.
—Es muy hermosa —dijo Gilbert, con tanto énfasis, que Ana casi deseó que no se hubiera entusiasmado tanto.
—Gilbert, ¿te gustaría más mi pelo, si fuera como el de Leslie? —preguntó, inquieta.
—Por nada del mundo quisiera que tuvieras el cabello de ningún otro color —dijo Gilbert, con una o dos convincentes caricias—. No serías mi Ana, si tuvieras cabellos dorados o de cualquier otro color que no sea…
—Rojo —dijo Ana, con sombría satisfacción.