Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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»Dick es como un bebé grande e inofensivo, pero su sonrisa tonta y la risita ponen muy nerviosa a alguna gente. Gracias al cielo, yo no tengo nervios. Dick Moore me gusta más ahora que cuando estaba cuerdo, aunque el Señor bien sabe que la diferencia no es grande. Un día, a la hora de la limpieza, estaba con ellos, ayudando un poco a Leslie; estaba friendo buñuelos. Dick andaba por allí, como siempre, y de pronto tomó uno que yo acababa de sacar del fuego y que estaba muy caliente, y me lo puso en el cuello justo cuando yo me inclinaba. No paraba de reír. Créeme, Ana, que hizo falta toda la gracia de Dios que llevo en el corazón para que no le tirara la sartén llena de aceite por la cabeza.

Ana rió al recordar la furia de la señorita Cornelia mientras se apresuraba a través de las sombras. Pero la risa no conjugaba bien con aquella noche.

Se le había pasado la risa cuando llegó a la casa que había entre los sauces. Todo estaba en silencio. La parte delantera parecía a oscuras y solitaria, de manera que Ana dio la vuelta hasta la puerta del costado, que se abría desde la galería a una salita. Allí se detuvo sin hacer ruido.



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