Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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La puerta estaba abierta. Adentro, en la habitación mal iluminada, estaba Leslie Moore, sentada con los brazos estirados sobre la mesa y la cabeza oculta entre ellos. Lloraba de una manera terrible, con sollozos bajos, profundos, sentidos, como si quisiera arrancarse una pena inmensa del alma. Un viejo perro negro estaba sentado junto a ella, con el hocico apoyado en su falda, y sus grandes ojos perrunos llenos de mudo e implorante cariño y devoción. Ana se apartó, consternada. Sintió que no debía interferir en esa amargura. Le dolía el corazón por la compasión que no podía expresar. Entrar en aquel momento sería cerrar la puerta para siempre a cualquier posible ayuda o amistad. El instinto advirtió a Ana que aquella orgullosa y dolida muchacha jamás perdonaría a quien la sorprendiera así, abandonada al desaliento.

Ana se deslizó silenciosamente por la galería y cruzó el patio. A lo lejos, oyó voces en la penumbra y vio el resplandor mortecino de una luz. Junto al portón, se encontró con dos hombres: el capitán Jim, con una linterna, y otro que evidentemente era Dick Moore: un hombre grande, muy gordo, de cara ancha, redonda y colorada y mirada vacía. Incluso con tan poca luz, Ana tuvo la impresión de que había algo raro en sus ojos.



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