Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos El alegre jardincito de la esposa del maestro era ahora un lugar bastante desolado; los álamos de Lombardía y los abedules habían arriado las velas, como dijo el capitán Jim. Pero el bosquecillo de abetos que crecía detrás de la casita, estaba siempre verde y lozano; incluso en noviembre y diciembre había preciosos días de sol y nieblas purpúreas en los que el puerto bailaba y resplandecía tan animadamente como en pleno verano, y el golfo era de un azul tan suave y tierno, que la tormenta y los vientos fuertes parecían apenas un sueño pasado. Ana y Gilbert pasaron muchas veladas del otoño en el faro. Era siempre un lugar alegre. Incluso cuando azotaba el viento del este y el mar estaba muerto y gris, parecía que en todo el faro acechaban indicios del sol. Tal vez fuera así porque Segundo Oficial siempre lo recorría en una panoplia de oro. Era un gato tan grande y radiante, que uno casi no notaba la falta del sol y sus sonoros ronroneos constituían un agradable acompañamiento a las risas y la conversación alrededor del hogar del capitán Jim. Éste y Gilbert mantenían largas conversaciones e importantes pláticas sobre temas que sobrepasaban el entendimiento del gato.