Ana y la casa de sus suenos

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La señorita Cornelia no iba a quedarse de manos cruzadas, ni siquiera en Navidad. Los niños nacen sin la menor consideración hacia los días de fiesta, y se esperaba la llegada de uno en un hogar muy pobre de Glen St. Mary. La señorita Cornelia había enviado a aquella casa una cena sustanciosa para sus muchos moradores y por eso tenía intenciones de disfrutar de la suya con la conciencia tranquila.

—Bien, tú sabes que el camino al corazón de un hombre pasa por el estómago, Cornelia —explicó el capitán Jim.

—Te creo… cuando tiene corazón —replicó la señorita Cornelia—. Supongo que por eso tantas mujeres se matan cocinando, como la pobre Amelia Baxter. Murió el año pasado, la mañana de Navidad, y dijo que era la primera Navidad, desde que se casó, que no había tenido que cocinar una cena de veinte platos. Habrá sido un cambio agradable para ella. Bien, ya hace un año que murió, de modo que Horace Baxter pronto abandonará el luto.

—He oído decir que ya lo ha abandonado —dijo el capitán Jim, guiñándole un ojo a Gilbert—. ¿No fue a tu casa un domingo, no hace mucho, con su ropa de luto y cuello almidonado?


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