Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Marilla habría preferido morir antes que poner en palabras el pensamiento que había en su mente cada vez que miraba a Gilbert desde que éste era un niño: el hecho de que, de no haber sido por su orgullo de hacía tanto, pero tanto tiempo, el muchacho habría podido ser hijo suyo. Marilla sentía que, de alguna extraña manera, su matrimonio con Ana corregía aquel error. Había aparecido el bien entre aquella antigua tristeza.

En cuanto a Ana, estaba tan contenta, que Marilla casi tenía miedo. A los dioses, según dice una vieja superstición, no les gusta ver mortales demasiado felices. Lo que sí es seguro es que a algunos seres humanos no les gusta. Dos de estos especímenes llegaron a Ana en un crepúsculo violeta y se dispusieron a hacer lo que pudieran para estropear su nube de colores. Si ella pensaba que se llevaba algún tipo de premio con el joven doctor Blythe, o si suponía que él seguía tan enamorado de ella como en sus días de inexperta juventud, era deber de estas personas presentarle la cuestión bajo otra luz. Sin embargo, estas dos dignas señoras no eran enemigas de Ana; por el contrario, la querían de verdad y, de haberla atacado alguna otra persona, la habrían defendido como si hubiera sido de su sangre. La naturaleza humana no está obligada a ser coherente.


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