Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La señora de Inglis (nombre de soltera: Jane Andrews, según el Daily Enterprise) vino con su madre y la señora de Jasper Bell. Pero en Jane la leche de la bondad humana no se había agriado por años de altercados maritales. Sus comentarios fueron de carácter más agradable. Como diría la señora Rachel Lynde, a pesar del hecho de haberse casado con un millonario, era feliz en su matrimonio. El dinero no la había echado a perder. Seguía siendo la Jane plácida, gentil, de sonrosadas mejillas de aquel cuarteto de muchachas, contenta por la felicidad de su antigua compañera y tan interesada en todos y cada uno de los detalles del ajuar de Ana como si éste pudiera rivalizar con sus propios esplendores en sedas y piedras preciosas. Jane no era brillante y probablemente jamás en toda su vida había hecho un comentario digno de ser escuchado; pero nunca decía nada que pudiera herir los sentimientos de nadie, lo cual, aunque puede ser un talento, es, al mismo tiempo, una cualidad envidiable y poco usual.
—De modo que Gilbert no te dejó plantada, después de todo —dijo la señora Harmon Andrews, logrando dar una expresión de sorpresa a sus palabras—. Bien, los Blythe generalmente cumplen con su palabra cuando la han comprometido, suceda lo que suceda. Veamos, tú tienes veinticinco años, ¿no, Ana? Cuando yo era joven, los veinticinco eran el primer recodo. Pero se te ve muy joven. La gente pelirroja es así.