Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Yo voy a regalarle a Ana esa media docena de alfombritas trenzadas que tengo en la buhardilla. No creí que las quisiera ya que están muy anticuadas y ahora parece que la gente no quiere más que alfombras tejidas. Pero ella me las pidió, dice que es lo que más le gustaría para sus suelos. Son muy bonitas. Las hice con los retazos más lindos que encontré y las trencé en franjas. Han sido una buena compañía estos últimos inviernos. Y le prepararé mermelada de ciruelas moradas para un año. Es muy raro. Esos ciruelos no han dado fruta durante tres años, incluso pensé que tendría que cortarlos. Pero la última primavera se llenaron de flores y han dado tantas ciruelas como no recuerdo que nunca antes haya habido en Tejas Verdes.

—Bien, gracias a Dios que Ana y Gilbert van a casarse después de todo. Es algo por lo que siempre he rezado —dijo la señora Rachel con el tono de quien está absolutamente seguro de que sus plegarias han tenido una gran influencia—. Fue un gran alivio descubrir que no pensaba aceptar a ese hombre de Kingsport. Él era rico, cierto, y Gilbert es pobre, al menos ahora, pero es un muchacho de la isla.

—Es Gilbert Blythe —dijo Marilla, contenta.


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