Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Habría sido mejor que te quedaras en tu casa leyendo la Biblia —fue la réplica de la señorita Cornelia.

—Vamos, vamos, Cornelia, no veo qué hay de malo en ir a la iglesia metodista cuando no hay servicio en la nuestra. Hace setenta y seis años que soy presbiteriano y no es probable que mi teología leve anclas a hora tan tardía.

—Es dar un mal ejemplo —dijo la señorita Cornelia con gesto adusto.

—Además —continuó el travieso capitán Jim—, quería oír buenos cantos. Los metodistas tienen un buen coro y no puedes negar, Cornelia, que en nuestra iglesia los cánticos suenan fatal desde que el coro se disolvió.

—¿Y qué pasa si se canta mal? Hacen lo que pueden y Dios no ve ninguna diferencia entre la voz de un cuervo y la de un ruiseñor.

—Vamos, vamos, Cornelia —dijo el capitán Jim con suavidad—, yo tengo mejor opinión del oído musical del Todopoderoso.

—¿Qué provocó los problemas en nuestro coro? —preguntó Gilbert tratando de aguantarse la risa.


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