Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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El capitán Jim tenía un bote para hielo y Gilbert, Ana, Leslie y el capitán dieron divertidos y gloriosos paseos sobre el liso hielo del puerto. Provistas de raquetas para nieve, Ana y Leslie también realizaban largas caminatas por los campos o por el puerto después de las tormentas, o a través de los bosques que se extendían más allá de Glen. Disfrutaban una buena camaradería en sus paseos y sus reuniones junto al fuego. Cada una tenía algo para darle a la otra, cada una se sentía enriquecida con el amistoso intercambio de ideas y con el amistoso silencio; cada una miraba a través de los campos blancos que separaban sus casas, con la agradable certeza de tener a una amiga al otro lado. Pero, a pesar de todo esto, Ana sentía que había siempre una barrera entre Leslie y ella, un freno que nunca desaparecía del todo.

—No sé por qué no puedo acercarme más a ella —dijo una noche Ana al capitán Jim—. La quiero mucho y la admiro; quiero abrirle mi corazón y penetrar el de ella. Pero nunca puedo traspasar la barrera.

—Usted ha sido muy feliz toda su vida, señora Blythe —dijo el capitán Jim, pensativo—. Creo que por eso su alma y la de Leslie no pueden acercarse verdaderamente. La barrera entre las dos es la experiencia de dolor y tribulaciones de Leslie. Ella no es responsable; usted tampoco, pero está ahí y ninguna de las dos puede atravesarla.


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