Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Mi niñez no fue muy feliz antes de ir a Tejas Verdes —dijo Ana. Seria, miraba por la ventana la inmóvil, triste, muerta belleza de las sombras de los árboles sin hojas sobre la nieve iluminada por la luna.
—Tal vez no, pero era la infelicidad usual en una niña que no tiene quien se ocupe de ella como corresponde. No hubo tragedias en su vida, señora Blythe. Y la vida de la pobre Leslie no ha sido otra cosa más que tragedias. Ella siente, pienso, aunque tal vez apenas sepa que lo siente, que hay muchÃsimo en su vida que usted no puede penetrar ni entender, y por eso tiene que mantenerla apartada; para evitar, por decirlo de alguna manera, que usted la lastime. Si tenemos en nosotros cualquier cosa que nos duele, tratamos de evitar que nadie se acerque y lo toque. Funciona con el alma también, no sólo con el cuerpo. El alma de Leslie ha de estar en carne viva, por eso la oculta.
—Si eso fuera todo, no me importarÃa, capitán Jim. Lo entenderÃa. Pero hay ocasiones, no siempre, pero a veces sucede, en que casi me veo obligada a creer que no… que no le gusto a Leslie. A veces sorprendo en sus ojos una mirada que parece cargada de resentimiento; desaparece muy rápidamente, pero la he visto, estoy segura. Y me duele, capitán Jim. No estoy acostumbrada a no gustar a la gente, y he intentado tanto ganarme la amistad de Leslie…