Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Hay veces, en primavera, en que siento que podrÃa haber sido poeta, si hubiera empezado joven —comentó el capitán Jim—. Me sorprendo repitiendo viejos versos y poemas que oà recitar al maestro de escuela hace sesenta años. No los recuerdo en otros momentos. Ahora siento como si tuviera que salir a las rocas o a los campos o al agua y recitarlos.
El capitán Jim habÃa ido aquella tarde a llevarle un montoncito de conchas para el jardÃn y un ramito de espliego que habÃa encontrado en un paseo por las dunas.
—Se está volviendo muy escaso en estas costas ahora —dijo—. Cuando yo era niño, habÃa mucho. Pero ahora muy de vez en cuando se encuentra una mata, y nunca cuando se la busca. Hay que tropezarse con ella. Uno va caminando por las dunas, sin pensar en el espliego, y de pronto el aire se vuelve lleno de dulzura y ahà está la hierba, a tus pies. Me gusta mucho el olor del espliego. Siempre me hace pensar en mi madre.
—¿A ella le gustaba? —preguntó Ana.