Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—No, que yo sepa. No sé si alguna vez vio espliego. No, es porque tiene un perfume como maternal, no demasiado joven, ¿me entiende? Algo sazonado, saludable, confiable, igual que una madre. La novia del maestro siempre la ponía entre sus pañuelos. Puede poner ese ramito entre los suyos, señora Blythe. A mí no me gustan los perfumes comprados, pero el aroma a espliego siempre le queda bien a una dama.

A Ana no la entusiasmaba mucho la idea de rodear sus macizos de flores con conchas de almejas; no le gustaban como decoración. Pero por nada del mundo habría sido capaz de herir los sentimientos del capitán Jim, de modo que simuló un entusiasmo que no sentía y le dio las gracias con ardor. Y cuando el capitán Jim hubo rodeado, lleno de orgullo, todos los macizos con las grandes conchas blancas como la leche, Ana descubrió, sorprendida, que le gustaba el resultado. En un jardín de la ciudad o incluso de Glen, no habrían quedado bien pero aquí, en el anticuado y marítimo jardín de la casita de los sueños, quedaban perfectas.

—Quedan muy bonitas —dijo, sinceramente.

—La novia del maestro siempre ponía caracolas alrededor —dijo el capitán Jim—. Tenía mano maestra para las flores. Las miraba y las tocaba, una y otra vez, y crecían como locas. Hay personas que tienen ese don, y yo creo que usted lo tiene, señora Blythe.


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