Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, no sé, pero adoro mi jardín y adoro trabajar en él. Trabajar con cosas verdes y vivas, mirarlas todos los días y ver cómo aparecen los brotes; es como tener algo que ver con la creación. Ahora mi jardín es como la fe, la sustancia de las cosas que uno espera. Pero aguarde y ya verá.

—Siempre me asombra ver las semillitas marrones y arrugadas y pensar en el arco iris que se oculta en ellas —dijo el capitán Jim—. Cuando pienso en las semillas, no me parece difícil creer que tenemos un alma que vivirá en otro mundo. Es difícil creer que hay vida en esas cosas tan pequeñas, algunas no mayores que una mota de polvo, y mucho menos color y perfume, si no se hubiera visto el milagro, ¿no?

Ana, que contaba los días como cuentas de plata de un rosario, ya no podía encarar la larga caminata hasta el faro o por el camino hacia Glen. Pero la señorita Cornelia y el capitán Jim iban muy a menudo a la casita. La señorita Cornelia era la alegría de la existencia de Ana y Gilbert. Se desternillaban de risa con sus comentarios después de sus visitas. Cuando el capitán Jim y ella visitaban la casita al mismo tiempo, era muy divertido escucharlos. Siempre tenían batallas dialécticas; ella atacaba y él se defendía. Una vez Ana le reprochó al capitán que provocara a la señorita Cornelia.


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