Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, me encanta pincharla, señora Blythe —dijo con una risita de pecador, sin arrepentirse—. Es mi mayor diversión en la vida. Tiene una lengua capaz de chamuscar una piedra. Y usted y el sinvergüenza del doctor, escuchándola, se divierten tanto como yo.

El capitán Jim fue otra tarde a llevarle unas anémonas a Ana. El jardín estaba lleno del aire húmedo, aromático, de las tardes de primavera junto al mar. Había una niebla blanco lechosa al borde del mar, con una luna joven que la besaba, y una plateada alegría de estrellas sobre Glen. La campana de la iglesia repicaba dulce y soñadora al otro lado del puerto. El leve tañido volaba a través del crepúsculo para mezclarse con el suave gemido primaveral del mar. Las anémonas del capitán Jim agregaron el último toque al encanto de la noche.

—No había visto ninguna esta primavera y las extrañaba —dijo Ana, hundiendo la cara entre ellas.

—No se encuentran en Cuatro Vientos, sólo en las tierras yermas, más allá de Glen. Hice un viajecito hoy hasta la «tierra del nada que hacer», y recogí éstas para usted. Pienso que serán las últimas que verá esta primavera porque ya casi no hay.

—Qué amable y considerado es usted, capitán Jim. Nadie más, ni siquiera Gilbert —dijo Ana, con un giro de la cabeza hacia él—, ha recordado que adoro las anémonas en primavera.


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