Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Bien, yo tenía otra diligencia que hacer. Quería llevarle al señor Howard algunas truchas. Le gusta comer truchas de vez en cuando y es todo lo que puedo hacer por un favor que me hizo una vez. Me quedé toda la tarde conversando con él. A él le gusta hablar conmigo, aunque es un hombre muy educado y yo no soy más que un viejo marino ignorante; es de esas personas que si no habla se siente un desgraciado y hay pocos que lo escuchen por aquí. La gente de Glen le rehuye porque lo considera un infiel. No ha ido tan lejos, pocos hombres lo hacen, creo, pero es lo que uno podría llamar un hereje. Los herejes son perversos, pero son interesantísimos. Lo que pasa es que se han perdido buscando a Dios, pues están bajo la impresión de que Él es difícil de encontrar, lo que no es así. La mayoría de ellos se topan con Él después de un tiempo. No considero que escuchar los argumentos del señor Howard pudiera hacerme a mí mucho daño. Claro que yo creo en lo que me enseñaron que creyera. Ahorra muchos problemas y, a fin de cuentas, Dios es el bien. El problema del señor Howard es que es demasiado inteligente. Piensa que tiene que vivir a la altura de su inteligencia y que es más inteligente encontrar una manera nueva de ir al cielo en lugar de ir por el viejo camino por el que vamos los comunes e ignorantes. Pero llegará y entonces se reirá de sí mismo.



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