Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Para empezar, el señor Howard era metodista —dijo la señorita Cornelia, como si pensara que no tenía un camino muy largo que recorrer desde ese punto hasta la herejía.

—¿Sabes, Cornelia? —dijo el capitán Jim, muy serio—. A menudo me he dicho a mí mismo que, si no fuera presbiteriano, sería metodista.

—Ah —dijo la señorita Cornelia—, si no fueras presbiteriano, no importaría mucho lo que fueras. Hablando de herejía, esto me hace recordar algo, doctor; le he traído el libro que me prestó, Ley natural en el mundo espiritual, pero no leí más que la tercera parte. Puedo leer cosas con sentido y puedo leer cosas sin sentido, pero ese libro no es ni lo uno ni lo otro.

—Hay quien lo considera algo herético —admitió Gilbert—, pero yo se lo advertí antes de prestárselo, señorita Cornelia.

—Ah, pero no me hubiera importado que fuese herético, Puedo soportar la perversidad, pero lo que no puedo soportar es la tontería —dijo la señorita Cornelia con toda calma y con el aire de haber dicho lo último que podía decirse sobre Ley natural.


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