Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Bien, ya conoces la historia de aquella anciana que dijo que al menos era perseverante. Pero no, Cornelia, no tengo nada bueno que decir del diablo.

—¿Al menos crees en él? —preguntó la señorita Cornelia con mucha seriedad.

—¿Cómo puedes preguntarme eso cuando sabes que soy un buen presbiteriano, Cornelia? ¿Cómo podría un presbiteriano vivir sin un diablo?

—¿Crees? —insistió la señorita Cornelia. El capitán Jim se puso serio de pronto.

—Creo en lo que una vez oí a un ministro llamar «una fuerza poderosa, maligna e inteligente de malevolencia en el universo» —dijo, solemne—. En eso creo, Cornelia. Puedes llamarlo diablo o «el principio del mal» o Mefistófeles o cualquier nombre que se te ocurra. Está ahí, y ni aunque se uniesen todos los infieles o herejes del mundo podrían hacerlo desaparecer con sus argumentos, como tampoco pueden hacer desaparecer a Dios. Está ahí, y activo. Pero, atención, Cornelia, creo que se va a llevar la peor parte al final.

—Yo espero lo mismo —dijo la señorita Cornelia, aunque sin demasiada esperanza—. Pero, hablando del diablo, estoy segura de que Billy Booth está poseído por él. ¿Se han enterado de la última hazaña de Billy?

—No. ¿Qué hizo?


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