Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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20

La perdida Margaret

Ana descubrió que podía seguir viviendo; llegó un día en que incluso volvió a sonreír con uno de los discursos de la señorita Cornelia. Pero había en su sonrisa algo que no había antes y que ahora jamás estaría ausente.

El primer día que se le permitió salir a dar un paseo, Gilbert la llevó a la Punta de Cuatro Vientos y la dejó allí mientras él cruzaba el canal para ir a ver a un paciente en el pueblo de pescadores. Un viento juguetón danzaba sobre el puerto y las dunas, levantando el agua en remolinos blancos y lavando la costa con largas filas de olas plateadas.

—Estoy muy orgulloso de volver a verla otra vez aquí, señora Blythe —dijo el capitán Jim—. Siéntese, siéntese. Temo que hay un poco de polvo aquí hoy, pero no es necesario mirar el polvo cuando uno puede mirar semejante paisaje, ¿no?

—No me importa el polvo —dijo Ana—, pero Gilbert dice que tengo que tomar el aire. Creo que iré a sentarme en las rocas, ahí abajo.

—¿Quiere compañía o prefiere estar sola?

—Si por compañía se refiere a la suya, la prefiero a estar sola —dijo Ana, sonriendo. Luego suspiró. Nunca antes le había importado estar sola. Ahora lo temía. Últimamente, cuando estaba sola, se sentía terriblemente sola.


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