Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La perdida Margaret
Ana descubrió que podÃa seguir viviendo; llegó un dÃa en que incluso volvió a sonreÃr con uno de los discursos de la señorita Cornelia. Pero habÃa en su sonrisa algo que no habÃa antes y que ahora jamás estarÃa ausente.
El primer dÃa que se le permitió salir a dar un paseo, Gilbert la llevó a la Punta de Cuatro Vientos y la dejó allà mientras él cruzaba el canal para ir a ver a un paciente en el pueblo de pescadores. Un viento juguetón danzaba sobre el puerto y las dunas, levantando el agua en remolinos blancos y lavando la costa con largas filas de olas plateadas.
—Estoy muy orgulloso de volver a verla otra vez aquÃ, señora Blythe —dijo el capitán Jim—. Siéntese, siéntese. Temo que hay un poco de polvo aquà hoy, pero no es necesario mirar el polvo cuando uno puede mirar semejante paisaje, ¿no?
—No me importa el polvo —dijo Ana—, pero Gilbert dice que tengo que tomar el aire. Creo que iré a sentarme en las rocas, ahà abajo.
—¿Quiere compañÃa o prefiere estar sola?
—Si por compañÃa se refiere a la suya, la prefiero a estar sola —dijo Ana, sonriendo. Luego suspiró. Nunca antes le habÃa importado estar sola. Ahora lo temÃa. Últimamente, cuando estaba sola, se sentÃa terriblemente sola.
