Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Éste es un lugar muy bonito donde no le va a dar el viento —dijo el capitán Jim cuando llegaron a las rocas—. Yo siempre me siento aquí. Es un buen lugar para sentarse a soñar.

—Ah… los sueños —suspiró Ana—. Yo no puedo soñar ahora, capitán Jim, he terminado con los sueños.

—Oh, no, claro que no, señora Blythe, claro que no —dijo el capitán Jim, pensativo—. Yo sé cómo se siente en estos momentos, pero si sigue viviendo, volverá a sentir alegría y cuando menos lo espere, estará soñando otra vez, ¡y doy gracias a Dios por ello! De no ser por nuestros sueños, sería mejor que nos enterraran de una vez. ¿Cómo soportaríamos la vida, si no fuera por nuestros sueños de inmortalidad? Y ése es un sueño que tiene que convertirse en realidad, señora Blythe. Usted verá a su pequeña Joyce algún día.

—Pero no será mi niña —dijo Ana, con voz trémula—. Ah, podrá ser, como dice Longfellow, «una hermosa doncella investida de la gracia celestial», pero será una extraña para mí.

—Dios hará algo mejor que eso, créame —dijo el capitán Jim. Ambos guardaron silencio por un momento. Luego el capitán Jim dijo, muy suavemente:

—Señora Blythe, ¿puedo hablarle de la perdida Margaret?


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