Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Claro que sÃ. Pero ese otro sentimiento espantoso estaba siempre en mi corazón, estropeándolo todo. Yo lo sofocaba, a veces me olvidaba de él, pero a veces surgÃa y se adueñaba de mÃ. Te odiaba porque te envidiaba, ay, estaba enferma de envidia. Tú tenÃas una casita preciosa, amor y felicidad, sueños alegres, todo lo que yo he querido y nunca he tenido ni podré tener. ¡Ah, nunca lo podré tener! Eso es lo que me aguijoneaba. No te habrÃa envidiado si hubiera tenido una esperanza de que la vida algún dÃa podrÃa ser diferente para mÃ. Pero no la tenÃa, no la tenÃa, y no me parecÃa justo. Me hacÃa rebelarme y me dolÃa; por eso te odiaba a veces. Me daba tanta vergüenza… ahora me estoy muriendo de vergüenza, pero no podÃa dominarme. Aquella noche, cuando tuve miedo de que no sobrevivieras, pensé que serÃa castigada por mi maldad y te quise tanto entonces… Ana. Ana, nunca tuve a nadie a quien querer desde la muerte de mi madre, a no ser por el viejo perro de Dick; es espantoso no tener a nadie a quien amar, la vida se vuelve vacÃa, y no hay nada peor que el vacÃo y yo podrÃa haberte querido tanto, pero ese sentimiento tan horrible lo estropeaba todo…
Leslie temblaba y se estaba volviendo incoherente con la violencia de su propia emoción.
—Por favor, Leslie —imploró Ana—, por favor. Lo entiendo, por favor no hables más de eso.