Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —He convencido a la señora de Thomas Holt para que vaya conmigo —dijo la señorita Cornelia, complacida—. Es hora de que se tome unas pequeñas vacaciones, créeme. Se está matando trabajando. Tom Holt sabrá tejer como los ángeles, pero no sabe mantener a su familia. Al parecer, nunca logra levantarse lo suficientemente temprano para hacer nada, pero he notado que siempre puede levantarse temprano para ir a pescar. ¿No es tÃpico de un hombre?
Ana sonrió. HabÃa aprendido a no darle demasiada importancia a las opiniones de la señorita Cornelia sobre los hombres de Cuatro Vientos. De lo contrario, habrÃa creÃdo que se trataba de la colección más variada de réprobos e inútiles del mundo, con esposas que eran verdaderas esclavas y mártires. Este Tom Holt, por ejemplo, era, según sabÃa ella, un esposo amable, padre muy querido y excelente vecino. Si bien tendÃa a ser algo perezoso, pues preferÃa la pesca para la que habÃa nacido, y no el cultivo para el que no habÃa nacido, y si tenÃa la inofensiva excentricidad de hacer una tarea desusada, nadie, salvo la señorita Cornelia, parecÃa reprochárselo. Su esposa era una «ardua trabajadora» a la que le encantaba trabajar arduo; su familia vivÃa confortablemente con lo que daba la finca, y sus robustos hijos e hijas, herederos de la energÃa de la madre, iban todos rumbo a un buen destino en la vida. No habÃa un hogar más feliz que el de los Holt en Glen St. Mary.