Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Desde el día en que se confesó a Ana, Leslie había sido otra persona. No quedaba rastro de su antigua frialdad y reserva, ni sombra de su antigua amargura. La niñez de la que había sido despojada parecía regresar a ella con la madurez de la mujer: se abría como una flor de llama y perfume; no había risa más pronta que la suya ni ingenio más vivaz en los círculos crepusculares de aquel verano. Cuando no podía estar con ellos, todos sentían que faltaba un sabor exquisito en el vínculo. Su belleza se iluminaba con el alma que despertaba, como una lámpara rosada que da su luz a través de una transparente ánfora de alabastro. Había momentos en los cuales Ana sentía que le dolían los ojos con el esplendor de Leslie. En cuanto a Owen Ford, la «Margaret» de su libro, aunque tenía los suaves cabellos castaños y el rostro de duende de la muchacha desvanecida hacía tanto tiempo, «recostada donde duerme la perdida Atlántida», tenía la personalidad de Leslie Moore, tal y como la había conocido en aquellos dichosos días en Puerto Cuatro Vientos.