Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos De pronto, se le quebró la voz con la sofocada pasión de sus palabras. Apartó la cabeza y escondió la cara tras el brazo. Le tembló todo el cuerpo. Ana permaneció sentada, mirándolo, pálida y estupefacta. ¡Nunca se le hubiera ocurrido! Y sin embargo, ¿cómo era posible que no lo hubiera pensado en ningún momento? Ahora parecía lo más natural del mundo. Se extrañó de su propia ceguera. Pero… pero estas cosas no sucedían en Cuatro Vientos. En otros lugares, las pasiones humanas podían desafiar las convenciones y leyes humanas, pero no aquí. Leslie había recibido huéspedes durante diez años y nada de esto había sucedido antes. Aunque tal vez no habían sido como Owen Ford, y la vivaracha Leslie de este verano no era la muchacha fría y hosca de otros años. ¡Ah, tendría que habérsele ocurrido a alguien! ¿Por qué la señorita Cornelia no lo había pensado? La señorita Cornelia siempre estaba dispuesta a dar la voz de alarma cuando se trataba de hombres. Ana sintió un resentimiento irracional contra la señorita Cornelia. Luego emitió un gemido para sus adentros. No importaba quién tuviera la culpa: el daño estaba hecho. Y Leslie… ¿qué pasaba con Leslie? Era por Leslie por quien Ana más se preocupaba.
—¿Lo sabe Leslie, señor Ford? —preguntó en voz queda.