Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Dos semanas de suave sol habían hecho milagros con el lastimero paisaje sobre el cual había volado el cuervo de Gilbert. Las colinas y los campos estaban secos, castaños y cálidos, dispuestos a estallar en pimpollos y brotes; el puerto otra vez era sacudido por la brisa; la larga ruta del puerto era como una resplandeciente cinta roja; en las dunas unos cuantos muchachos, que habían salido a pescar, quemaban el grueso y seco pasto de los médanos crecido el verano anterior. Las llamas flameaban sobre las dunas rosadas, arrojando sus llamas contra la oscuridad del golfo e iluminando el canal y la aldea de pescadores. Era una escena pintoresca que en otro momento habría encantado los ojos de Ana, pero ella no disfrutaba de la caminata. Tampoco Gilbert. Por desgracia, faltaba la usual buena camaradería y comunidad de gustos y puntos de vista. El hecho de que Ana no aprobara este proyecto se veía en el altanero porte de su cabeza y la estudiada cortesía de sus comentarios. La boca de Gilbert dibujaba el gesto de la clásica obstinación de los Blythe, pero sus ojos se veían preocupados. Iba a hacer lo que creía su deber, pero estar en desacuerdo con Ana era pagar un precio muy alto. En suma, los dos se alegraron cuando llegaron al faro y a los dos les dio pena alegrarse.




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