Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bien, lo admito —concedió la señorita Cornelia a regañadientes—. Lamento haber regañado tanto al doctor. Es la primera vez en mi vida que me siento avergonzada de algo que le he dicho a un hombre. Pero no sé si se lo diré. Tendrá que imaginárselo. Bien, Ana querida, es una suerte que el Señor no escuche todas nuestras plegarias. He estado rezando mucho para que la operación no curara a Dick. Claro que no lo pedÃa tan claramente. Pero eso era lo que estaba en el fondo de mi mente, y no me cabe duda de que el Señor lo sabÃa.
—Bien, Él ha escuchado el espÃritu de su oración. Usted lo que querÃa era que las cosas no fueran más difÃciles para Leslie. Temo que en lo más oculto de mi corazón, también yo esperaba que la operación no saliera bien, y estoy muy avergonzada por ello.
—¿Cómo se lo ha tomado Leslie?
—Escribe como si estuviera atontada. Creo que, como nosotros, todavÃa no ha tomado plena conciencia. Dice: «Todo me parece un sueño extraño, Ana». Es la única referencia que hace a sà misma.
—¡Pobre criatura! Supongo que cuando a un prisionero le quitan las cadenas, ha de sentirse extraño y perdido sin ellas. Ana querida, hay un pensamiento que no puedo apartar. ¿Qué hay de Owen Ford? Las dos sabemos que Leslie lo querÃa. ¿Alguna vez se te ocurrió que él la querÃa a ella?