Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bien, estuve muy enfadada con la Providencia durante una buena temporada y durante semanas no querÃa ni mirar al niño. Nadie supo por qué; jamás dije nada. Pero entonces empezó a ponerse bonito, a estirarme las manilas y empezó a gustarme. Pero no me reconcilié del todo con él hasta que un dÃa vino una compañera de la escuela a verlo y me dijo que le parecÃa horriblemente pequeño para su edad. Enloquecà de furia y le dije que no sabÃa reconocer a un niño guapo cuando lo veÃa y que el nuestro era el niño más guapo del mundo. Y después de eso, lo adoraba. Mamá murió antes de que él cumpliera los tres años y yo fui su hermana y su madre. Pobrecito, nunca fue fuerte, y murió poco después de cumplir los veinte años. Me parece que darÃa cualquier cosa, Ana querida, para que él viviera.
La señorita Cornelia suspiró. Gilbert habÃa bajado y Leslie, que habÃa estado cantándole al pequeño James Matthew junto a la ventana, lo habÃa acostado en su cestita y se habÃa ido. Apenas estuvo lo bastante lejos para no oÃrla, la señorita Cornelia se inclinó hacia adelante y dijo, con un susurro de conspiración:
—Ana querida, ayer recibà carta de Owen Ford. Está en Vancouver ahora, pero quiere saber si puedo hospedarlo durante un mes, más adelante. Tú sabes lo que eso significa. Bien, espero que estemos actuando correctamente.