Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Un anochecer, una semana más tarde, Ana fue al faro a ver si el capitán Jim tenÃa algo de pescado fresco y dejó al pequeño Jem por primera vez. Fue toda una tragedia. ¿Y si lloraba? ¿Y si Susan no sabÃa exactamente qué hacer con él? Susan estaba muy tranquila.
—Tengo tanta experiencia como usted con él, querida señora, ¿no?
—SÃ, con él sÃ, pero no con otros niños. Caramba, yo cuidé a tres pares de mellizos cuando era pequeña, Susan. Cuando lloraban, les daba menta o aceite de castor sin inquietarme. Es curioso recordar ahora con cuánta ligereza me tomaba a esos niños y sus calamidades.
—Ah, bien, si el pequeño Jem llora, le pondré una bolsa de agua caliente en la tripita —dijo Susan.
—No demasiado caliente, eh —dijo Ana, preocupada. Ay, ¿serÃa prudente ir?
—No se preocupe, querida señora. Susan no es mujer de andar quemando caballeritos. Pobre ángel. No llora nunca.