Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Ana finalmente pudo arrancarse de su casa y, a pesar de todo, disfrutó de la caminata hasta el faro, a través de las largas sombras del ocaso. El capitán Jim no estaba en la sala del faro, pero había otro hombre: un hombre bien parecido, de edad media, con fuerte mentón, sin barba, alguien desconocido para Ana. Sin embargo, cuando ella se sentó, él comenzó a hablarle con la confianza de un viejo conocido. No había nada impropio en lo que decía o cómo lo decía, pero a Ana le molestó tanta familiaridad en un perfecto desconocido. Sus respuestas fueron frías y las mínimas que podían permitir los buenos modales. Sin intimidarse, su compañero siguió hablando unos minutos más y luego se disculpó y se fue. Ana habría jurado que tenía un brillo especial en los ojos, y se sintió enfadada. ¿Quién era aquel individuo? Había algo vagamente conocido en él, pero ella estaba segura de no haberlo visto jamás.

—Capitán Jim, ¿quién era ese hombre que acaba de salir? —le preguntó al capitán, que entraba en aquel momento.

—Marshall Elliott —respondió el capitán.

—¡Marshall Elliott! —exclamó Ana—. Ay, capitán Jim, no, sí, sí, era su voz, ay, capitán Jim, no lo reconocí, ¡y estuve muy grosera con él! ¿Por qué no me lo dijo? Tuvo que haberse dado cuenta de que no le reconocía.


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